TEXTO Y DIBUJO: Carla Suárez Álvarez, Bloque I. Nocturno
(Ilustración de la autora)
Un paraguas.
Ese paraguas.
El paraguas del señor Robinson.
Ese frío paraguas.
En esa fría esquina.
En ese frio momento.
El paraguas se cayó.
El señor Robinson, cuya muerte tuvo lugar la semana pasada, se había olvidado el paraguas que tanto le acompañaba esos días de invierno. Un paraguas simple, negro, con un mango de madera, un tanto viejo y desgastado. Hace una semana vino a visitarnos, se fue al ver que no había nadie en casa. Al llegar mi padre del trabajo, tras una larga jornada, vio su paraguas en el suelo y lo apoyó en la esquina del porche, esa esquina, esa fría esquina. Pasaron minutos, horas, días y una semana. A los pies del paraguas, un periódico. Ese periódico, ese frio periódico, anunciaba la muerte del señor Robinson, un hombre muy querido por la sociedad. Mi padre inmóvil mirando ese paraguas delante del porche de la casa, nuestra casa. El señor Robinson era una de las personas más cercanas a mi padre. Contemplando el paraguas, perplejo y congelado. Pasaron mi abuela, mi abuelo, mi madre, y mi padre seguía ahí. Pasaron mis hermanos, mi tía, mi prima, y él seguía ahí, congelado mirando el paraguas. Ese paraguas. El paraguas del señor Robinson. Ese frío paraguas. En esa fría esquina. En ese frío momento. El paraguas se cayó.